| EL MONASTERIO DE LA MURTA En el corazón de la sierra de Corbera, a los pies del CavallBernat y la Creu del Cardenal, se encuentra en un delicioso y encantadorrincón, las románticas ruinas del monasterio de laMurta, ocultas por una frondosa vegetación. El valle, antiguamentellamado la Vall dels Miracles, por la gran abundancia de plantas medicinalesque en él crecen, orientado al norte y con unas especiales condicionesmiocroclimáticas, fue el lugar elegido por los Gerónimospara construir su convento. Once ermitaños, nos cuenta la tradición, ocuparon estevalle para entregarse a la oración, en medio del silencio y la soledad.Vivieron precariamente en unas sencillas ermitas, apartadas unas de otras,e incluso en cuevas, hasta que el Caballero Arnau de Serra de Alzira, leshizo donación del paraje para que fundasen su congregación. En 1376, el mismo papa Gregorio XI les concedió el permiso paralevantar su monasterio y constituirse en la Orden de los Gerónimos.La primera comunidad se compuso tan solo de seis monjes que tomaron elhábito en Xábia, donde ya existía el monasterio deSan Gerónimo en el cabo de San Antonio, a los pies del Montgóhasta que en 1516 bajo la protección y el mecenazgo de Don RamónGuillem de Vich, se comenzó a construir una nueva iglesia, ademásde otras mejoras sobre la primitiva construcción. En 1550 se alzóla torre de las Palomas para defenderse de los ataques berberiscos y anteel temor a lo que unos años antes había ocurrido en Cullera,donde el pirata Dragut saqueó la población. En 1586 el mismo Rey Felipe II visitó con sus hijos el lugarmaravillándose del entorno y de la austera vida de los monjes. Duranteel siglo XVII se construyó una cisterna, un nuevo corral para colmenas,se reformó la enfermería, se reedificó el hospital,se levantó el claustro y se finalizó la iglesia, comenzadapor Francisco Figola, arquitecto de Valencia. Llegó a tener valiosos fondos pictóricos de Ribera, Juande Juanes y Ribalta entre otros. Los frescos que decoraban los claustros,la sacristía y la Iglesia cubrían la totalidad de las paredes,además de una importante biblioteca y preciosas reliquias, cálicesde oro y plata, incensarios y multitud de objetos de gran valor artístico. La vida cotidiana en el monasterio era muy estricta; cada monje teníasus funciones y obligaciones determinadas con respecto a la comunidad.Un preciosos documento manuscrito, "Las Costumbres del Monasteriode la Murta", escrito en 1750 y conservado en 53 hojas de papel pergamino,nos permite conocer la forma de vida monástica, donde estaban reglamentadashasta los aspectos más triviales. Los oficios de vicario, diácono,cantor, versiculario, kalendario, lucernario, organista, sacristán,relojero, campanero, servidor de comidas, arquero, archivero, procuradorde cobranzas y pleitos, granjero, maestro de novicios, ropero, zapatero,portero, hospedero, cocinero, enfermero, refitolero (el que fregaba losplatos y limpiaba la cocina), frutero, bodeguero, hornero, barbero y chorista(encargado de quitar el polvo a las sillas del coro) estaban definidosestrictamente. Los monjes podían disfrutar de dos salidas de ochodías al año para recrearse en la granja que poseíanen las casas de Montcada, a las afueras de Alzira, y los martes y juevespodían pasear por el campo sin salir del término de sus propiedades. El monasterio de la Murta hoy, tan solo son unas ruinas cubiertas porla hiedra. Tras la desamortización de 1835, el cenobio fue totalmentedestrozado y vandalizado por sus nuevos propietarios. Sólo la torrede las Palomas, llamada así por la cantidad de ellas que allíanidaban, el puente de Felipe II, algunas paredes y las arcadas de la iglesiaquedan en pie. De entre sus silenciosas piedras parecen todavíasurgir los ecos de los maitines gregorianos cantados en latín. Ensus alrededores, siguen creciendo como entonces, las plantas de las queelaboraban un milagroso ungüento para las infecciones de lapiel. Se han encontrado también restos de las primitivas ermitasdonde se aislaron aquellos primeros eremitas. Todavía son visibles,la de Santa Marta y la del Calvario, que es en realidad una cueva en lamontaña cubierta por un muro con entrada excavada en la roca y enel fondo una pequeña habitación que servía de oratorioy alcoba. El manantial de la Murta, en la cabecera del valle, da vida al parajey sus aguas son recogidas y canalizadas en una alberca. En 1983, un incendioasoló el valle en su totalidad, perdiéndose parte de su valiosísimaflora. El propietario donó al pueblo de Alzira las 50 Ha que circundanel convento y en 1989, el Ayuntamiento de Alzira adquiría el restoa su último propietario. En 1993 se elaboró un plan especialde protección de la Murta y la Casella, pero todavía es mucholo que queda por hacer. Una urgente consolidación de las ruinas,ya en marcha, un programa de excavaciones arqueológicas y una instalaciónpermanente como museo, son algunas ideas para convertir este emblemáticovalle en una escuela donde la historia, la naturaleza y la tradición,se combinen con fines educativos. En este sentido, el Ayuntamiento de Alziraha puesto en marcha una escuela taller para jóvenes, levantandoun vivero a fin de repoblar la zona con especies autóctonas. La flora del valle de la Murta es verdaderamente sorprendente. Médicos,botánicos, farmacéuticos y naturalistas ya lo visitaban desdeantiguo precedentes de todas partes para buscar ciertas plantas medicinales.De entre su gran variedad de especies, es la presencia del fresno de flor(Fraxinus ornus), árbol de climas fríos y nórdicos,la que más nos llama la atención. |